martes, 10 de junio de 2014

Escapa A Mi Control

Las palabras chocan contra mi pecho antes de poderlo notar, y sin poderlo evitar, me hacen temblar casi imperceptiblemente la caja torácica y me nublan los ojos. Es entonces cuando, inevitablemente, mis ojos se humedecen y me veo obligada a decirme a mi misma "No seas idiota, no le demuestres que te ha herido. ¡Demonios, no te atrevas a llorar!" Pero no hay nada que pueda hacer: mi estómago se cierra, mi corazón se aprieta, mis pulmones no deciden si expandirse o contraerse y terminar de ahogarme, mi cabeza se vacía. Mientras permanezco ahí, de pie frente a algún o alguna imbécil, fracaso patéticamente en mi intento de controlar lo que siento. Y ya no hay palabras bonitas o agresivas, ni comprensivas, ni intelectuales, sólo la desesperación que me invade y el torbellino de emociones que se abre paso a zancadas por mi ser.
Cuando todo termina el escenario suele ser siempre el mismo: me encuentro sola, evaluando las condiciones en las que quedó este campo de batalla que es mi cuerpo.

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